Partidos políticos a fin de 2008

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En la última década, América Latina se ha caracterizado por dos tendencias en la dinámica de los partidos políticos: el colapso del sistema partidario en varios países como Venezuela, Perú, Bolivia y Ecuador, y una mayor diferenciación ideológica de los partidos o movimientos políticos después de una aparente convergencia en los años ochenta.

La característica sobresaliente de este proceso ha sido el surgimiento de movimientos políticos y gobiernos que se denominan de izquierda, y reflejan una diversidad de posiciones políticas y programáticas que abarcan desde el socialismo institucional chileno, al socialismo de corte populista y personalista que encabeza Hugo Chávez.

La República Dominicana se ha caracterizado, sin embargo, por tendencias contrarias. El sistema de partidos se ha mantenido relativamente estable, y no ha surgido ninguna alternativa política importante que reivindique el socialismo.

Mientras en los años sesenta y setenta, los partidos dominicanos se diferenciaban ideológicamente, con una fuerte polarización discursiva entre los caudillos que se disputaban el escenario político; a partir de los años ochenta, los partidos convergieron hacia un modelo fundamentalmente clientelista, de escasa diferenciación programática.

El PLD, que ha gobernado ocho de los últimos 12 años, dio un giro a la derecha y aumentó su base electoral con los votantes tradicionales del balaguerismo.

El eje articulador de este proyecto ha sido el presidente Leonel Fernández, y la dificultad que enfrentan actualmente los peledeístas para democratizar y flexibilizar sus estructuras partidarias, comienza a generar tensiones que se agudizarán en la medida que se acerquen las elecciones de 2010 y 2012.

El PRD ha oscilado entre la debacle gubernamental y las luchas intra-partidarias. Preso ahora de un posible retorno constitucional del reeleccionismo, el partido muestra incapacidad de avanzar hacia el establecimiento de estructuras fluidas que faciliten su colocación favorable en el imaginario del electorado dominicano.

El PRSC post-Balaguer, por su parte, muestra una fuerte tendencia a las pugnas y los desmembramientos, con incapacidad de articular una dirección partidaria efectiva, y encontrar líderes políticos con capacidad de atraer un segmento importante del electorado para ganar elecciones.

Por efecto de estas dinámicas, se ha producido un realineamiento de las fuerzas electorales del país. El PLD ha fortalecido su posición de partido mayoritario, mientras el PRSC ha presenciado un desplome en el apoyo electoral, con una consecuente desarticulación de la dirigencia y la estructura del partido, a pesar del reciente evento público en busca de mostrar unidad.

El PRD se ha mantenido como fuerza electoral significativa, a pesar de los fracasos en 2004, 2006 y 2008, y constituye el único referente de oposición al peledeísmo. Pero su incapacidad para articular un proyecto político con ideas nuevas de arraigo popular, dificulta su misión de partido opositor y aspirante a gobernar.

Como resultado, el sistema político dominicano opera actualmente en un bipartidismo incoloro, con el PLD y el PRD como fuerzas partidarias principales, sin que se produzca una real bi-polaridad sustentada en ideas políticas que marquen diferenciación. La combinación del legado histórico de luchas partidarias y las redes clientelistas que se han expandido en las últimas tres décadas, contribuyen a la sostenibilidad de los partidos dominicanos, a pesar del debilitamiento del PRSC, pero sin producir una democratización de sus estructuras ni un avance ideológico.

Independientemente del partido en el gobierno, la experiencia revela que ante la desigualdad social y la pobreza de ideas, el clientelismo ha servido para sostener gobiernos y partidos.

La convergencia concreta en las políticas públicas y los estilos de gobernar, hacen que las preferencias partidarias se articulen más por criterios patrimonialistas que ideológicos.

El otro factor crucial que opera en la selección de preferencias partidarias es el desempeño del gobierno. La percepción popular de un buen desempeño económico se ha premiado con triunfos electorales, y de un peor desempeño con derrotas.

Fuente:ROSARIO ESPINAL

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