La dictadura de Batista

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Es un error querer igualar a todas las dictaduras que padeció nuestra América Latina. Un error perdonable si se trata de un documento de combate político. Pero imperdonable si se trata de un estudio historiográfico con pretensiones de seriedad. La dictadura de Trujillo pudo imponer un totalitarismo inimaginable con Batista.

La de Rojas Pinilla comenzó contra el ultra conservadurismo de Laureano Gómez. A Trujillo le importó poco las fragilidades de las imágenes de legalidad después de 1946, en tanto Batista apeló con fuerza y retorcidas mañas a legalizarse. No fue cuestión de bondades personales, aunque hubiera siempre un poco de ello. Batista no fue un paranoico obsesionado de venganzas personales. No tiene esa excusa. La cuestión tiene que ver con las realidades en donde se aplicaron esos regímenes de fuerza. Y el papel que en cada caso desempeñó en la trama nacional e internacional. Insisto en que las cuestiones del personalismo omnímodo, caprichoso y enajenado no están descartadas pero no se le deben atribuir un peso que omita los demás componentes que la sostienen, le dan su razón de existir, su función en la reproducción de una hegemonía de clase, cultura y raza.

En el ámbito latinoamericano, democracias representativas o dictaduras deben cumplir un mínimo para ser aceptadas por el sistema hegemónico. Si un régimen no cubre el mínimo deseable cae. Los excesos represivos, la emergencia de rivalidades de interés, las malacrianzas de algunos mandamases son toleradas en la medida que cumplan con los requerimientos de la coyuntura histórica del sistema. Es cuestión de viabilizar los reajustes y la reproducción del sistema básico de dependencias.

De manera que examinar, como venimos haciendo, una dictadura como la de Batista como que hizo cosas buenas y cosas malas es síntoma de ignorancia y estupidez. Todas las virtudes constructivas atribuidas a un Pérez Jiménez, a un Trujillo o Batista, son idioteces. La creación de infraestructuras viales, urbanísticas, o de cualquier otro tipo, fueron realizadas como parte de las necesidades expansivas de la modernización capitalista o de intereses muy específicos. No fueron para favorecer necesidades populares sino para crear condiciones para las nuevas inversiones. Hasta la expansión de la escolarización en las condiciones del capitalismo no tiene nada de inocente progresismo.

La actividad desplegada por los batistianos en la construcción de la autopista Habana-Varadero, la ejecución de los túneles habaneros (además de su significación político militar, pues conectaba con los dos grandes bastiones armados de la capital), la remodelación de aeropuertos y otras obras públicas deben ser vistas en su variada articulación. La economía azucarera cubana estaba en una fase crítica y se buscaban otras fuentes de acumulación y reproducción del capital. Particularmente, la inversión de ciertos capitales de “dudosa procedencia”. Era muy prometedora la opción de crear en La Habana un emporio como Las Vegas: turismo, juego, prostitución a refinada escala, incipiente tráfico de drogas. Eso traería circulante a chorros y se tradujo en esas cifras tan alabadas por los neodefensores del batistato.

El estímulo y los recursos proporcionados para el negocio del juego, las apuestas y los casinos ubicados en los nuevos hoteles y centros nocturnos provino de la mafia italoamericana asentada en Cuba. Batista por su parte, expidió en 1955 un decreto otorgando exacciones tributarias para nuevos hoteles y la instalación de casinos en los mismos y en clubes nocturnos. El Banco de Desarrollo Económico y Social (Bandes), financió a inversionistas nacionales y extranjeros hasta un 50% de la inversión en hoteles. Entre 1952 y 1958 se abrieron 28 hoteles. El fenómeno del narcotráfico en principio usa como puente a Cuba para penetrar en Estados Unidos, durante estos años es un negocio todavía pequeño pero muy prometedor.

Ello explica la inversión hotelera naciente, el interés hacia Varadero, la incipiente expansión de laboratorios procesadores, la ampliación de puertos. Paralelamente las obras públicas era uno de los medios predilectos para el drenaje de los recursos públicos. Esos contratos se otorgaban sin real licitación. Eran parte importante del consenso cupular. Téngase en cuenta, el agotamiento de las reservas en el periodo que va desde 1945 a 1959. El despilfarro de la elite batistiana fue el mayor. Dejaron las arcas casi en cero. La Revolución comenzó a operar con una deuda externa de casi 800 millones de dólares de aquel entonces y una balanza comercial favorable a Estados Unidos de 603.4 millones de dólares. De modo que el erario público continuó su función como fuente de capitalización a la mayor magnitud conocida en la historia insular.

La mano dura contra los obreros también estimuló la inversión doméstica y la extranjera, reiteramos: Sin duda el reajuste viabilizado por la dictadura implicó un crecimiento económico real, en aquellos sectores potencializados por la inversión extranjera y el aprovechamiento intentado por los capitalistas criollos beneficiados por la malversación, las coimas, los recursos del Bandes, las ganancias del contrabando tanto de los civiles como de los mandos militares e infinidad de negocitos colaterales a esta expansión sectorial, porque lo que se refería a los renglones tradicionales del país las cosas no apuntaban muy halagadoras. El azúcar había entrado en una fase difícil, el tabaco tenía la competencia de las cigarreras estadunidenses. La derrama dejó mucho que desear.

Por supuesto, diversos sectores sociales resultaron muy favorecidos. Una clase media alta gozó de lo lindo con estas inyecciones dinerarias. Carros del último modelo, ir de compras a Miami, mandar a estudiar a los hijos “al norte”. Una desbocada importación de mercaderías estadunidenses de última moda, benefició a las grandes casas importadoras. Por supuesto fuertes aumentos salariales para militares y policías, el segundo gran sostén de la tiranía. Porque el primero fueron los inversores extranjeros y los grandes hacendados y empresarios. Ni duda cabe. Cualquier dictadura se sostiene con ellos, ninguna sin ellos. Pero la calidad de vida del cubano medio estaba en crisis como veremos en algunos de los indicadores básicos de esta definición.

Creo de vital importancia empezar el examen de la calidad de vida por las cuestiones relativas a la salud. Problema de una extraordinaria trascendencia en pueblos tropicales, caracterizados por la persistencia de pandemias de notables grados de morbilidad.

Si el cantante mexicano Pedro Vargas tuvo un lema inolvidable para despedirse de su público, (“Muy agradecido, Muy agradecido, Muy agradecido”) el dictador Batista tenía también un modo muy original de concluir sus discursos. “Salud, salud, salud”. Sin embargo, su dicho era de muy escasa repercusión sanitaria: el gasto público, por concepto de Salud Pública, era entonces de 22,7 millones de pesos, el gasto de un municipio cubano de hoy día. Un indicador basta para denostar el pésimo estado sanitario: la tasa de mortalidad infantil pasaba de 60 niños por cada 1 000 nacidos vivos (ahora es de 5.3). La esperanza de vida era apenas de 55 años (ahora, es de 77 en los hombres y 78 años en las mujeres). La vacunación infantil se realizaba en proporción a las condiciones de cada familia. La “salud” enunciada por Batista era un hipócrita juego retórico, como veremos más adelante con cifras aún más espeluznantes.

Fuente:Salvador Morales Pérez

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