Lo que nadie dice

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Muchos piensan que la crisis financiera internacional ha conmovido los cimientos ideológicos y los presupuestos filosóficos que sirven de base al capitalismo. Como muestra de ello se cita la confesión del editorialista del Wall Street Journal quien, tras debatirse durante semanas acerca de los efectos del paquete de ayuda financiera a los bancos diseñado por el Secretario del Tesoro Henry Paulson, no le quedó otro camino que admitir que “ahora que estamos aquí, nuestro voto es acorde con la idea de que la intervención del Estado se justifica para defender el sistema”. Con esa confesión, se traicionaría uno de los dogmas fundamentales del neoliberalismo, tal como había sido planteado por el presidente Ronald Reagan al asumir sus funciones: “El Estado no es la solución, es la causa”.

Pero, ¿es cierto que la ideología capitalista se opone a la intervención del Estado? Si nos vamos a las raíces del neoliberalismo y revisamos las ideas del padre fundador de esta escuela, Friedrich Hayek, veremos que el liberalismo no se opone a toda intervención del Estado. Hayek, a pesar de oponerse a la planificación central y a cualquier forma de intervención en asuntos económicos, por entender que la sociedad civil tenía la capacidad de autorregularse y administrarse autónomamente, no tenía reparos en que el Estado asumiese un rol activo a fin de lograr que el normal funcionamiento de la sociedad no se viese impedido por intentos de convertir el orden espontáneo de la sociedad en una organización. En otras palabras, desde Hayek hasta los Chicago Boys, el neoliberalismo ha creído en la intervención estatal para el desmonte del Estado.

Pero no puede afirmarse que el neoliberalismo se opone a la existencia de un Estado fuerte. Ello explica por qué Hayek favorece la dictadura en ocasiones, llegando a decir que “pueden existir hoy dictaduras bien intencionadas llevadas al poder por una ruptura de la democracia y genuinamente ansiosas de restaurarla si supiesen cómo resguardarla de las fuerzas que la destruyeron”. Y en su visita a Chile, el propio Hayek advirtió personalmente al General Pinochet acerca de los peligros de la “democracia ilimitada”, señalando que “una dictadura puede imponerse límites sobre sí misma”, de tal modo que “puede ser más liberal en sus políticas que una asamblea democrática que no conoce esos límites”. El liberalismo de Hayek es, en consecuencia, un liberalismo autoritario que admite, incluso, la prerrogativa del Estado de declarar el estado de emergencia.

De modo que, independientemente del riesgo moral que crea la ayuda financiera prácticamente ilimitada a las entidades financieras en crisis, no hay nada en el código genético del neoliberalismo que contradiga la posibilidad del Estado de intervenir con el fin de lograr la recuperación económica y el restablecimiento del funcionamiento normal y espontáneo de las fuerzas del mercado. De hecho, el concepto de “ambigüedad creativa” de los economistas de la banca central, en virtud de la cual ésta se reserva el derecho de producir un salvamento cuando sea necesario, sin decirlo expresamente –para así no fomentar el riesgo moral-, forma parte de las cosas sabidas y no admitidas del capitalismo financiero y de la regulación bancaria. Digamos entonces que, para el neoliberalismo, la posibilidad de la intervención estatal en la economía es como si fuese el “Código Rojo” de la película “Cuestión de honor” en la que se juzga penalmente al oficial Jack Nicholson por permitir el castigo clandestino de un soldado bajo su mando. Como afirma Slavoj Zizek, “este código perdona un acto de transgresión: es ‘ilegal’, pero al mismo tiempo reafirma la cohesión del grupo. Debe permanecer a resguardo, no informado, inexpresado –en público, todo el mundo finge no saber nada al respecto, o incluso niega activamente su existencia (…) En términos derrideanos, en contraste con la Ley explícita escrita, ese obsceno código superyoico es esencialmente oral. Mientras la Ley explícita se sostiene en el padre muerto qua autoridad simbólica (el ‘Nombre del Padre’), el código no escrito se sostiene en el suplemento espectral del Nombre del Padre, el espectro obsceno del ‘padre primordial’ freudiano”.

Fuente:EDUARDO JORGE PRATS

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