Tres lecturas

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“Preso e’ preso,” dicen los dominicanos para resaltar la desgracia que acarrea la falta de libertad a cualquier persona recluida en prisión. Pero después de realizar tres lecturas sobre este mismo tema, tengo que colegir que una cosa es estar preso; y otra, privado de la libertad de tránsito. Aunque, ¡claro!, esto dependerá de la categoría y nivel social del recluso y de si se vive en Arizona, o en Santo Domingo.

En la primera lectura, hasta llegué a sentir lástima por los prisioneros; en este caso los del Condado de Maricopa, en el Estado de Arizona. En el correo que me llegó por la vía del Internet, se da cuenta de cómo dirige allí el Sheriff Joe Arpaio, el campamento carcelario consistente en un conjunto de carpas de lonas, cercado con mayas ciclónicas y alambres de púas.

Con la idea de las carpas, Arpaio ahorró al condado varios millones de dólares, ante una situación de emergencia carcelaria por falta de espacio y de edificaciones para albergar a los prisioneros.

Pero las altas temperaturas, que en Arizona alcanzaron en Junio del 2007 los 37º C, provocaron las protestas de los reclusos, autorizados entonces a quedarse solo con los calzoncillos puestos, los que dicho sea de paso, fueron donados por el Estado y eran de un color rosado encendido.

El Sheriff se limitó a decirles que los soldados norteamericanos apostados en Irak, sin ser delincuentes ni estar presos, soportan temperaturas más altas y viven también alojados bajo carpas. A los prisioneros se les prohibieron las películas y el gimnasio; y deben pagar por la comida que consumen, aunque se les vende a un módico precio.

El Sheriff les recuerda a los reclusos que es presos que están; purgando su deuda con la sociedad y no hospedados en el Ritz Carlton. “Si no les gusta,– les dice,–cuando salgan de aquí, no vuelvan nunca mas.”- No esta de acuerdo Joe Arpaio con que vivan a todo lujo a costa de los contribuyentes, los cuales muchas veces no disfrutan de los privilegios otorgados a los prisioneros en las cárceles norteamericanas.

¿Para qué propiciar que los reclusos se ejerciten y saquen músculos, los que, al volver a las calles, les servirán para sojuzgar a sus víctimas?, se pregunta el Sheriff en Arizona.

Los reclusos laboran en los proyectos de la ciudad para ahorrarles dinero a los contribuyentes. En las calles se ven trabajando cuadrillas de hombres y de mujeres, “para que las mujeres no digan que son discriminadas”, se burla el Sheriff, quien ha sido reelecto en varias ocasiones.

Una segunda lectura me trae de vuelta a nuestro país, y es la del articulo publicado recientemente por el ingeniero Hamlet Hermann, titulado: “No hay que temer a Najayo”, haciendo referencia a los actuales funcionarios gubernamentales y a la cárcel con el mismo nombre, ubicada en la Provincia de San Cristóbal, donde cumple condena el ex presidente del desaparecido Banco Baninter.

Analiza Hamlet la situación de las cárceles, desde cuando los “doceañistas”, encabezados por Joaquín Balaguer, “multiplicaban su riqueza a costa de la sangre joven”; y agrega que, “siguen siendo pésimas y discriminatorias hasta más no poder. Los delincuentes ricos, dice, disfrutan de cómodas celdas mientras los delincuentes pobres tienen las mismas de aquellos tiempos del balaguerismo”.

“Unas son resorts modernos y otras, almacenes de olvidados por la sociedad”.

Refiere el articulista que al prisionero en cuestión, “todos los oficiales y alistados le llaman “Jefe”; pues no es en balde que reciben un salario adicional que no es registrado en parte alguna”. (Como se estilaba en el banco virtual o paralelo, habría yo agregado).

En la “celda globalizada”, a decir de Hamlet, opera una planta de 40 kilos, siempre llena de combustible; paneles solares y dos inversores de 3.5 kilos de capacidad, con 20 baterías cada uno, lo que facilita que funcionen a la perfección dos aparatos acondicionadores de aire de 18,000 mil BTU cada uno, a fin de que el ciudadano privado de su libertad de tránsito, pueda accionar la parábola que accede a centenares de canales de televisión, teléfono satelital, y a su computadora con Internet permanente.

De esta forma, este empresario, agrega Hamlet, “puede tener comunicación con el mundo entero para manejar sus propiedades; y sus alimentos son elaborados por el chef de turno, como en los tiempos en que estafaba al país desde su sólido banco”. “Estos privilegios, agrega, son pagados con el mismo dinero estafado a los ahorrantes”.

Y ahora, amigos lectores, permítanme dirigir mi pensamiento a la cárcel de La Victoria, donde cumple condena un humilde dominicano de otra clase social, que logró conmoverme con su “Carta desde la cárcel”, que aparece en Rayo de Luz, una publicación de la Fundación La Buena Noticia, de la Iglesia Católica , correspondiente al mes de diciembre.

En mi tercera lectura, Morales Méndez narra su periplo por distintas cárceles y celdas del país y los maltratos y hambrunas padecidas; su obligatoriedad de pagar a otro recluso la suma de DR. $175.00 semanales por el derecho a la cama, así como el abandono de su familia por carecer ésta de recursos para alimentarlo y sostener todas sus necesidades en una cárcel como la mencionada.

Y confiesa Morales que de la única forma que un compañero lo convenció de asistir un sábado en la noche a la iglesia de la cárcel, fue cuando, cansado de pasar hambre y abrumado por las deudas y la presión a que estaba sometido, éste le informó que allí les daban de cenar al terminar la catequesis.

“Al principio, refiere el recluso pobre, les decía a todos que no iba a la iglesia a escuchar la Palabra de Dios, sino detrás de la cena que allí servían”. Han pasado tres años desde que Morales acepto a Cristo como su Salvador y hoy esta a cargo de la capilla, motivando a otros reclusos “para que hoy se sientan como yo me siento: ¡bendecido, prosperado y en victoria”!

A través del mensaje cristiano que nos transmite este humilde recluso en su carta, vemos cómo se malvive en nuestras cárceles; donde,–y esto lo agrego yo–, “el chao” es malo a propósito, no solo para economizar y apropiarse el dinero destinado a la comida de los presos, sino para que nadie pueda ingerirlo, y de este modo, sirva de alimento a los puercos que se crían en las fincas cercanas al recinto carcelario, propiedad de altos jefes militares.

En este punto, para no perder mi mansedumbre y sentido del humor, recomendaría algún tipo de intercambio de experiencias y unificación de criterios, entre las autoridades carcelarias dominicanas y las del Condado de Maricopa, en el Estado de Arizona, concretamente con el Sheriff Joe Arpaio.

No me cabe duda de que él haría muy buen trabajo en Najayo y que estaría muy de acuerdo con las críticas de Hamlet Hermann, el que concluye su artículo diciendo: “lo único que Najayo no puede garantizarle a la élite encarcelada es conseguirle dignidad, porque ésta no se compra con dinero, sino con honestidad.”.

Y tiene razón el amigo y ex guerrillero. Morales Méndez, sin necesidad de dinero, y preso también por delinquir, descubrió que su verdadera naturaleza era espiritual y por eso hoy, aun tras las rejas, es un hombre libre, en cuerpo y alma, porque Jesús pagó su fianza.

Morales fue honesto con Jesús, quien acoge a los pecadores que se acercan a él y los perdona sin juzgarlos y los acepta sin ponerles condiciones, devolviéndoles la dignidad humana que nos fue conferida por nuestra condición de Hijos de Dios.

¡Quiera Dios que en Najayo y en Maricopa, tal como sucedió en La Victoria, otros puedan también recuperar su dignidad perdida! ¡ Navidad es momento propicio para renacer de nuevo!

Fuente:ELSA PEÑA NADAL

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