¡Hablar sin conocer la realidad!

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Nunca he querido, por razones obvias, hablar o escribir de las cosas internas de las instituciones con las que tengo compromiso. Me refiero -en este caso- a las FFAA, a la DNCD y a la Policía, agencias con las que he asumido de un tiempo a esta parte, y por convicción propia, un compromiso que espero no romper, sin que esto implique que actúe yo como un borrego o cualquier energúmeno de estos que por ahí andan hablando pleplas, aguantando bochornos y desconsideraciones. El temperamento mío, de eso no existe la menor duda, lo impedirá ipso facto.

Y no es que esté tratando con lo que voy a detallar más adelante, y eso se lógico, de justificar las ‘metidas de pata’, para no decir errores, que cometan algunos irresponsables en un determinado momento, sino para defender un derecho que tenemos todos los dominicanos, excepto los que se creen estar por encima de la autoridad. La ley es dura pero es la ley, o sea que si usted la viola sabe que se la aplicarán inmediatamente, y el terreno que infractor escoja.

Hay que estar en el pellejo de un Policía o de un miembro de la DNCD, por ejemplo, cuando uno de éstos es atacado de manera despiadada y atroz en un barrio de la capital. Si se dejan matar nada ocurre, nada se comenta, solo se publica en los diarios de manera tímida y tiene que salir el Ministro de Interior y el Jefe de la PN a socorrer a los deudos (esposa e hijos), cosa que por fortuna se está haciendo ahora. Nadie nos cuenta los muertos.

Eso sí, cuando un atracador, cuando un despiadado asaltante, cuando un despiadado vendedor de drogas enviste a la autoridad (y siempre lo hace con un arma superior o de igual nivel que la del policía, la del guardia o la del agente antidrogas) ahí mismo comienza el torbellino. De inmediato son ejecuciones sumarias, extrajudiciales y de cualquier naturaleza. De inmediato, sin demora comienzan los pronunciamientos y se habilitan paredones para liquidar a quien sea.

Entran en acción los grupos de ‘expertos’ en derechos humanos, los líderes de agrupaciones de la denominada sociedad civil, que sin dudas, o con ellas incluidas, pretenden desde hace tiempo controlar el país. Esas presiones, que encuentran eco a todo lo ancho en los medios de comunicación, para no hablar de mass media, como a los comunicadores les gusta decir, influyen de tal modo que la autoridad termina siendo la delincuente, no el autor de diferentes crímenes y delitos.

Ahora que están de moda las criticas, una parte de marras, contra los llamados ‘intercambios’ de disparos (encomillado el concepto, como lo hacen los diarios cuando se le mete a sus editores el ‘síndrome de contar muertos’ de un lado) son pocos los que se atreven a defender a los hombres que tienen el compromiso (aunque no son todos) de luchar contra la criminalidad. He ahí donde la puerca retuerce el rabo, como dice la gente de El Batey, comunidad rural de Las Matas de Farfán donde vine al mundo.

Nadie discute, y jamás podrá hacerlo, que la vida humana es lo más preciado y sagrado. Solo Dios (Yavé, Allah, Elohim, El Soberano, El Clemente, El Altísimo, El Misericordioso, El Más Sagrado, El Creador, El Arbitro Supremo o como usted quiera llamar al Todopoderoso) tiene facultad para quitarla. Es cierto, la Policía no tiene por qué matar a nadie, pero nadie tiene derecho a matar al policía.

Los encargados de establecer el orden, como bien claro está previsto en la Constitución, no tienen que ‘pelar’ por sus armas para liquidar a supuestos delincuentes, pero tampoco los supuestos delincuentes tienen ‘pelar’ por las suyas para liquidar a quienes tienen el deber de mantener el orden. El que arremete contra un guardia o un policía en servicio, y eso debe quedar claro, que espere una respuesta inmediata.

Por eso digo que es bueno hablar pleplas por radio y televisión, y hasta en las páginas de los diarios, cuando un agente de la Policía, un militar o un agente de la DNCD se ve compelido a responder una agresión y liquida a uno de estos sujetos, casi siempre jóvenes, que reaccionan de manera despiadada cuando son sorprendidos atracando en cualquier lado.

Los agentes antidrogas, de los que sí los puedo hablar, son blanco casi a diario de agresiones infernales en barrios de la capital y de otras ciudades del país. Son muchos los que reciben botellazos, pedradas, cartuchazos y balazos de manos de delincuentes, muchos reincidentes que son arrestados ‘con la mano en la masa’ y luego son liberados por estos tecnicismos que mantienen contra la pared a las instituciones que persiguen el crimen.

Fuente:ROBERTO LEBRON

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